sábado 7 de noviembre de 2009

Poética imposible, o treno

Un día decidí callarme. Cerré la boca para macerar adentro el aire y cocinar una blanca y musical respuesta, sin prisa, sin tiempo; para preparar meticulosamente un viraje, perfilar la orfebrería que debía alinear el fantasmal quejido de un buque, la conjunción de los humores posibles y la solidez porosa de la calle y de tu voz, raíces y maná, para no perder de vista al mundo ni morir de inanición en el laberinto. Lo proyecté todo con fuerza contra una pared. No traté de recomponer el amasijo de metales. No asistí a los heridos. De su espaciosa agonía debían florecer mis tentáculos, madreselva necesaria, argamasa para las llagas. Urgía un pulso estertóreo que poder revertir en golpeo febril, al que llamar eufemísticamente ritmo. Urgía, por saber que no podía tomar impulso sin una voz muerta. Progresivamente convertido en negativo de la fotografía deseada, no me importó reconocerme parásito; si sobrevivo a esto no habrá testigos, me dije. El aire se vició, el maná se pudrió en mis bolsillos. Aumenté la densidad de las palabras hasta hacerlas irrespirables, hasta que, orondas y agrietadas, fueron incapaces de seguir los pasos de una danza cada vez más fúnebre y estéril. Consumado el desmembramiento, un coro de hemorragias regó el suelo de silbidos y fragmentos de metáfora reblandecida e impracticable. Por decoro, no quedó otro remedio que exiliarse adentro con el engendro y lanzar bien lejos la llave. Abrir los ojos apenas para añorar lo que dejé fuera y cerrarlos inmediatamente, para esconderme de cruzar con nadie miradas que evidencien la propia corrupción y el fracaso. Sólo en el fulgor de ese rayo cauterizador, parpadeo tensado en la sonora vibración del lagrimal, avanza la tinta mejilla y poema abajo.

miércoles 4 de noviembre de 2009

El maravilloso master en formación del profesorado

Esto que sigue no es literatura, ni ficción. Ya me gustaría. Es el episodio más surrealista de harakiri burocrático que he presenciado en mi vida, protagonizado por uno de los mayores y más desequilibrados energúmenos que alguna vez se ha colocado detrás de un escritorio. Os aseguro que la conversación es real: he intentado en lo posible no exagerar y ser fiel a las palabras según fueron dichas, eso sí, con algún retoque para abreviar y que el conjunto se entienda.

Para poneros en situación, me sumo a la lista -larguísima, parece ser- de los que pretenden anular su matrícula del master de marras, tras haber descubierto -tarde, porque la información brilla por su ausencia- que las condiciones de presencialidad son estúpidas, abusivas e inatendibles. Como la lista de espera es larga, la universidad, de momento, ve una estupenda posibilidad de ingresar dos matrículas por plaza...

11 y pico am, facultad de educación de la Complutense.

Secretario del decano: (Haciendo aspavientos) Oiga, pero... ¿qué está haciendo otra vez aquí? ¿No le he dicho que no le puedo ayudar? ¡Déjeme en paz!

Yo: En el vicerrectorado me han vuelto a decir lo mismo: que son ustedes quienes apoyan o no la solicitud de devolución de la matrícula al alumno, aunque ellos resuelvan. Así de simple; y si ustedes no cooperan, a mí no me dan un duro. Con mi relación de los hechos no basta, debe corroborarla la facultad correspondiente.

Secretario del decano: (medio enajenado) Deje de decir tonterías, ¡le están engañando! ¿Es que no lo ve? Por lo que veo necesita usted que se lo explique todo otra vez...

Yo: Deje de tratarme como si fuera tonto. Si usted me repite las cosas como un papagayo yo haré lo mismo, tengo todo el día. Como le decía, necesito...

Secretario: (fuera de sí, del todo) ¡Usted lo que necesita es entender! ¿Es que no lo ve? ¡Puede ser que tenga razón, pero no le vamos a firmar nada porque la universidad está completamente arruinada y no va a devolver un mísero real a nadie! si el curso ha empezado no se devuelven tasas y punto, se van a amparar en esto y van a fastidiarle a usted, y a todos los pardillos que matricularon este master, que además, es un engañabobos y un sacaperras, por si no se ha dado cuenta. ¿Cree que una universidad a-rrui-na-da iba a perder esta oportunidad de hacer caja? que pase el siguiente y si no puede venir y se entera tarde de que tiene que venir, mejor: que pase el siguiente. ¿He sido claro? Ahora márchese, que tengo cosas que hacer, y déjeme en paz.

Yo: ...

lunes 26 de octubre de 2009

Un paseo por San Antonio





miércoles 21 de octubre de 2009

Dos pequeños resplandores intercambiables

¡Luz, más luz!
-Goethe, en su lecho de muerte-


Dos caminos para un poema siamés, pivotando a tientas en el mismo albor asesino.

Sin título

Coleccionista de sagradas cegueras,
abrazo, supurando el alimento de mis captores,
el sonido del rayo, el tacto
de la nieve; pírricos, furtivos
mensajeros de la luz.

Hombre en llamas

Tapizado de canícula borboteando,
presa de anémonas transparentes
devoradoras de viento, del rojo visceral
en las auroras inyectadas, degusta
violentamente la luz.

lunes 19 de octubre de 2009

Bienvenido a Eldorado

Resulta que entre ayer y anteayer me enteré, casi de forma simultánea, de que el niño del globo era un fake -debería hablarse del niño del desván- y de que el adagio de Albinoni es en realidad obra de un biógrafo suyo que dijo haberse basado en unos fragmentos jamás encontrados, supuestamente localizados en la bombardeada biblioteca de Dresden.

El sitio a donde quiero llegar está un poco más al sur y es el autoengaño. Para un niño la realidad -o irrealidad- vista a través de la televisión goza de un estatus especial, o eso creo. Guardo imágenes mentales de lugares en películas y series que idealicé y se me presentaron frecuentemente como Eldorados cuya riqueza estribaría -y para esto hay que blandir la teoría caeiriana de que la realidad es gradual, de que las cosas pueden ser más o menos reales; teoría que sólo un niño podría defender- en poseer una mayor concentración de autenticidad que lo cotidiano anodino.

Estos Eldorados se enquistaron en mi memoria como oasis de pureza. La falsa operación de higiene llevada a cabo por la televisión, proporcionando un universo emocionante y, al mismo tiempo, comprensible y de sencilla digestión, desmereció una realidad opaca y frecuentemente ambigua. Como resultado el topos, lo visible, absorbió estas propiedades más abstractas, y los espacios americanos, recurrentes y tan ajenos, quedaron forjados a fuego en mi daguerrotipo de lo supuestamente esencial y paradisíaco.

Mi niñez está lo suficientemente lejos como para que haya ido construyendo encima de las ruinas de esas ensoñaciones, pero arrancarlas es tarea imposible. Por eso estos días, caminando entre coches y furgonetas enormes, no muy distintos a los que antaño veía alucinado por la tele -las mismas matrículas tejanas me resultan tan sumamente familiares...-, enfrentando las mismas carreteras infinitas, las lavanderías, los burguers y moteles, sus carteles de neón, la inconfundible arquitectura sureña, los sombreros y las botas y las viejas fundas de guitarra de músicos country que se mueven de aquí para allá... no puedo evitar sentir un pasmo acompañado de una expectación irracional y furiosa.

No lo puedo evitar, y me irrita y entristece aún más contemplar la magnitud y la simpleza del engaño, por su paradoja y el terrible contraste: frente al mayor desierto, al mayor vacío hecho lugar y a un tiempo estado mental experimentado en lo que va de vida, un detector de realidad en letargo durante tantos años de repente se activa y me dice, estúpidamente, como dirían un niño o el mismo Caeiro, al despertar un día cualquiera de su vida: bienvenido a Eldorado.

jueves 8 de octubre de 2009

La cosa informe que da forma a las cosas

Esperaba con ganas este paquetito que recibí de Drawn & Quarterly hace unos días. Se trata de What it is, cómic de la dibujante Linda Barry (Wisconsin, 1956). Aunque en la misma línea autobiográfica de otros viñetistas como Seth, Huizenga o Delisle, Barry se desmarca por la tangente del proceso creativo en un libro que es justo eso, una explosión colorida de creatividad a lo largo de una exploración, más exitosa cuanto más ingenua y desinhibida, cuanto menos mediatizada por el intelecto, de la propia imaginación y sus posibilidades.


La pregunta clave del libro gira en torno a la relación entre imaginación y memoria, y a la forma en que los recuerdos, reales o no, afloran a la superficie consciente. Lo cierto es que Barry no podía adecuar mejor la forma al fondo, al emplear una vistosa técnica de collage que se adapta como un guante a la materia resbaladiza del inconsciente generador de estas imágenes. El libro es una constante evocación de la infancia, periodo de mayor permeabilidad del sujeto, al que Barry se remonta una y otra vez buscando los procesos más espontáneos de activación de la creatividad.


El elemento dinámico es fundamental. Hablando el lenguaje de las mascotas, de los amigos y enemigos invisibles y de los monstruos como obstáculo necesario -mención especial para la transformación de su madre en Gorgona-, la artista pretende sortear los momentos de petrificación, en que las ideas parecen embotarse y no cristalizan en narraciones. Barry se fija atentamente en el proceso a través del cual un niño realiza marcas, exige formas a esas marcas y, finalmente, exprime las formas logradas en una historia.


Jugar y crear son, pues, sinónimos, y Barry dice encontrar su "salvación" cuando acepta que durante el proceso puramente creativo no se sabe, no se puede saber. Éste debe estar, en cierto modo, fuera del control del artista, debe ser capaz de sorprenderle. La aproximación intelectualizada es estática, analítica. Es necesario recobrar una cierta inocencia, abandonar cualquier pudor y desechar la pregunta censora sobre si algo "está bien o mal", para que las ideas fluyan naturalmente. Sus pesquisas en el territorio sagrado y originario del hombre son una linterna para alumbrar, al menos parcialmente, la parte submarina del iceberg, el cuaderno de dibujos y recortes que uno lleva consigo en la trastienda de la conciencia y en función de determinados estímulos abre, caprichosamente, al azar.

miércoles 7 de octubre de 2009

Un paseo nada tranquilo

Enfilo el capitolio bajo un sol de justicia y una humedad bestial. Despues de un desierto de casas anodinas y comercios desangelados llego a Congress avenue, donde el AMOA y el State theatre, con su cartelera de próximos eventos. Anda, en diciembre Woody Allen y su caja de grillos de Nueva Orleans. En noviembre, tres o cuatro días despues de mi partida, Rufus Wainwright. Esto ya me da más rabia.

Nos recomiendan Sixth street para salir de juerga. Haciendo caso omiso a la regla de no visitar una zona nocturna de día, a no ser que quieras deprimirte de verdad, me doy un paseo por allí. Sirve para ver pubs reconvertidos en restaurantes de circunstancias, con camareras en bikini y falda-cinturón sirviendo comida infame a tipos gordos y desaliñados.

Cansado de mirar y no acabar de ver, de sudar y del mal cuerpo, me entró esa vena destructiva que acompaña a toda mala digestión. Primero, en un desfile de adjetivos a pelo, autodedicados y enlazados sin discurso, sobre estos dos últimos años. Tránsfuga, cobarde o impostor fueron algunos. El susto fue pensar que la pobreza de detalles del escenario me hubiera hecho ver las cosas más claras, al fin mínimamente enfocado.

Nada de eso; cuando remitió el dolor de cabeza sólo me reía de la ocurrencia de haberme llamado tránsfuga. Y a mucha honra, pensé. Siempre se saca algo de agua del desierto, aunque sea poniéndolo boca abajo.