Algunos torpes incurables para esto de la sociabilidad, los más tercos, nos pasamos la mitad de la vida -la otra mitad la invertimos en forzar inútilmente nuestra personalidad hacia actitudes y calideces que nos son completamente extrañas y antinaturales- buscándole explicaciones a las dificultades que experimentamos para relacionarnos con los demás. Leyendo a Vattimo -los verdaderos conocedores me perdonarán esta apropiación, seguramente indebida y simplista-, y hurgando en la desconfianza metafísica del tímido según Cioran, encontraba otra de esas explicaciones que tanto me gustan, y que me voy a permitir soltar aquí.
Lo quiera o no, soy militante del pensamiento débil. En la Antigüedad sería un sofista, no me cabe duda. Ni creo en dios ni le he sustituido con nada que no sea una idea de belleza continuamente mutando; sería un esteta, en el sentido más pessoano. Abrazo el relativismo en cada dilema moral, entiendo a todos, todos los motivos de cada uno, y no entiendo a nadie. No sé quién soy. Me entran escalofríos cuando alguien defiende con pasmosa seguridad que el pensamiento débil es no pensar -porque quizá lo sospecho-; me enervan los que son capaces del fervor reposado de la convicción sin fisuras, quizá por envidia.
Pero es que, por limitada que sea mi capacidad de análisis, rastreando las raíces de cualquier argumentación, a favor o en contra, en cualquiera de los temas candentes de nuestro tiempo, siempre encuentro una premisa que pende en el aire. Que podría haber sido otra, arbitrariamente, y entonces todo el esquema cambiaría, cambiaría radicalmente su conclusión. La inmensa mayoría aborrece a la gente que es políticamente correcta, complaciente, que no gusta de molestar. Se les tacha de serviles, y sobre todo, se tiende a pensar que no son sinceros, lo que me parece la mayor de las injusticias.
¿Para qué voy a contradecir a nadie, si su punto de vista es relativamente válido, como relativamente lo es el mío? Puedo hacerlo por deporte -me encanta discutir, pero con balas de fogueo-, o porque me irrite su convicción si ésta fuera fe ciega, puesto que aborrezco a los integristas -ya digo que no sé si por envidia- y los hay a patadas. El pensamiento fuerte es sospechoso siempre: porque la duda ha sido sofocada, pero no se sabe cómo. Y ahí están sus paradigmas: el tercer Reich y la URSS de Stalin: Nietzsche y Marx maniatados y convertidos en programas irrefutables de constatación.
Tengo la teoría, seguramente equivocada, de que el pensamiento débil nunca colocaría una idea por encima de una vida. Convive con la teoría, que temo acertada, de que la humanidad nunca hubiera podido alcanzar los niveles de desarrollo actuales admitiendo que la duda ocupe el altar mayor de su panteón, aunque ése haya sido el proceder de la ciencia, verdadera responsable del progreso: porque la ciencia no sabe de panteones y, por lo visto hasta ahora, un hombre sin una verdad trascendente está muerto. ¿Muerto?
Tal vez pueda fingirse vivo, conducirse con motivaciones pasajeras, manejar el vértigo. Pero renunciar a la certeza, a una seguridad, más allá de la de saber que nada es seguro y que los imponderables acechan, y que -ojo con ésta- probablemente nada merezca la pena... es multiplicar exponencialmente el peso de la atmósfera sobre su cabeza. Lo realmente admirable es que, incluso en esa jaula, no se atreva a inferir si la duda es su enfermedad o su salud.