lunes 28 de diciembre de 2009

Understanding comics

Menudo regalazo he recibido. Metacómic, poética de la viñeta... Scott McCloud emprende una aventura fascinante, un proyecto mastodóntico, parte tributo, parte historia, parte semiología del arte secuencial. No puede -es el peaje- dejar de resultar didáctico, por partes incluso hasta extremos irritantes. Pero su labor documental y el amor que profesa al cómic, patente en la minuciosidad con que trata cada detalle, compensan con creces esa objeción.

Una de sus sorprendentes aportaciones es este mapa del universo del cómic, área de un triángulo cuyos vértices representan, respectivamente, la realidad -con el fotocómic como principal exponente-, el significado -los trazos más simples, lo icónico, dando paso en última instancia al lenguaje, la onomatopeya- y el plano puramente pictórico -reducto de la abstracción: líneas, formas y colores que ni reproducen ni significan, no se pretenden otra cosa que lo que son-.



com.ics (kom'ics)n. plural in form, used with a singular verb. 1. Juxtaposed pictorial and other images in deliberate sequence, intended to convey information and/or to produce an aesthetic response in the viewer.

Winnicot dixit

"Lo que hace que el individuo sienta que la vida vale la pena es, más que ninguna otra cosa, la apercepción creadora. Frente a esto existe una relación con la realidad exterior que es relación de acatamiento; se reconoce el mundo y sus detalles pero sólo como algo que es preciso encajar o que exige adaptación. El acatamiento implica un sentimiento de inutilidad en el individuo, y se vincula con la idea de que nada importa y que la vida no es digna de ser vivida. En forma atormentadora, muchos individuos han experimentado una proporción suficiente de vida creadora como para reconocer que la mayor parte del tiempo viven de manera no creadora, como atrapados en la creatividad de algún otro, o de una máquina".

jueves 17 de diciembre de 2009

La timidez y Vattimo, vía Cioran

Algunos torpes incurables para esto de la sociabilidad, los más tercos, nos pasamos la mitad de la vida -la otra mitad la invertimos en forzar inútilmente nuestra personalidad hacia actitudes y calideces que nos son completamente extrañas y antinaturales- buscándole explicaciones a las dificultades que experimentamos para relacionarnos con los demás. Leyendo a Vattimo -los verdaderos conocedores me perdonarán esta apropiación, seguramente indebida y simplista-, y hurgando en la desconfianza metafísica del tímido según Cioran, encontraba otra de esas explicaciones que tanto me gustan, y que me voy a permitir soltar aquí.

Lo quiera o no, soy militante del pensamiento débil. En la Antigüedad sería un sofista, no me cabe duda. Ni creo en dios ni le he sustituido con nada que no sea una idea de belleza continuamente mutando; sería un esteta, en el sentido más pessoano. Abrazo el relativismo en cada dilema moral, entiendo a todos, todos los motivos de cada uno, y no entiendo a nadie. No sé quién soy. Me entran escalofríos cuando alguien defiende con pasmosa seguridad que el pensamiento débil es no pensar -porque quizá lo sospecho-; me enervan los que son capaces del fervor reposado de la convicción sin fisuras, quizá por envidia.

Pero es que, por limitada que sea mi capacidad de análisis, rastreando las raíces de cualquier argumentación, a favor o en contra, en cualquiera de los temas candentes de nuestro tiempo, siempre encuentro una premisa que pende en el aire. Que podría haber sido otra, arbitrariamente, y entonces todo el esquema cambiaría, cambiaría radicalmente su conclusión. La inmensa mayoría aborrece a la gente que es políticamente correcta, complaciente, que no gusta de molestar. Se les tacha de serviles, y sobre todo, se tiende a pensar que no son sinceros, lo que me parece la mayor de las injusticias.

¿Para qué voy a contradecir a nadie, si su punto de vista es relativamente válido, como relativamente lo es el mío? Puedo hacerlo por deporte -me encanta discutir, pero con balas de fogueo-, o porque me irrite su convicción si ésta fuera fe ciega, puesto que aborrezco a los integristas -ya digo que no sé si por envidia- y los hay a patadas. El pensamiento fuerte es sospechoso siempre: porque la duda ha sido sofocada, pero no se sabe cómo. Y ahí están sus paradigmas: el tercer Reich y la URSS de Stalin: Nietzsche y Marx maniatados y convertidos en programas irrefutables de constatación.

Tengo la teoría, seguramente equivocada, de que el pensamiento débil nunca colocaría una idea por encima de una vida. Convive con la teoría, que temo acertada, de que la humanidad nunca hubiera podido alcanzar los niveles de desarrollo actuales admitiendo que la duda ocupe el altar mayor de su panteón, aunque ése haya sido el proceder de la ciencia, verdadera responsable del progreso: porque la ciencia no sabe de panteones y, por lo visto hasta ahora, un hombre sin una verdad trascendente está muerto. ¿Muerto?

Tal vez pueda fingirse vivo, conducirse con motivaciones pasajeras, manejar el vértigo. Pero renunciar a la certeza, a una seguridad, más allá de la de saber que nada es seguro y que los imponderables acechan, y que -ojo con ésta- probablemente nada merezca la pena... es multiplicar exponencialmente el peso de la atmósfera sobre su cabeza. Lo realmente admirable es que, incluso en esa jaula, no se atreva a inferir si la duda es su enfermedad o su salud.

viernes 11 de diciembre de 2009

La timidez y Cioran

Una perla de Cioran para paliar la falta de atención de los últimos días. Pronto subiré una página de cierto cómic de Seth que complementa, o eso creo, a esta radiografía del tímido y sus supuestos motivos. Una pena no tenerla a mano. ¿Me espero? No, mejor no.

"La timidez es un desprecio instintivo de la vida; el cinismo, uno racional. ¿Y la ternura? Un delicado ocaso de la lucidez, una degradación del espíritu al rango del corazón.

En toda timidez se halla un matiz religioso. El miedo de no ser de nadie, de que Dios no sea nadie, y el mundo su obra... La desconfianza metafísica crea hostilidad en la naturaleza e incomodidad en la sociedad. La falta de atrevimiento entre los hombres -el decantamiento de la fuerza en desprecio- parte de una vitalidad insegura, agravada por recelos, de lo que es más esencial en el mundo. Un instinto seguro y una fe decidida le dan a uno el derecho a ser insolente; incluso le obligan a ello. La timidez es el modo de encubrir un pesar. Ya que cualquier atrevimiento no es más que la forma que adopta la falta de pesar."

De El ocaso del pensamiento

lunes 23 de noviembre de 2009

Poema para la donna pietra

Todo cuidadosamente preparado. La sonrisa amable, la pluma y el armisticio sobre la mesa, una instantánea arrebatada entre sístole y diástole, todos los relojes manteniendo la respiración, esta misma línea falsamente avanzando para atrapar el vértigo, la trepanación petrificada por la Siberia a ti debida. Tendrías que haber visto: el convite al completo congelado de pies a cabeza. Sin embargo, consumaste la ausencia postrera, la más cruel de tu lista. Abjuraste y luego vino la necrosis del hielo, primero púrpura, inmediatamente rojo bermellón, magma volcánico para evaporar como si un mal sueño la última mano que mataste tendida.

sábado 7 de noviembre de 2009

Poética imposible, o treno

Un día decidí callarme. Cerré la boca para macerar adentro el aire y cocinar una blanca y musical respuesta, sin prisa, sin tiempo; para preparar meticulosamente un viraje, perfilar la orfebrería que debía alinear el fantasmal quejido de un buque, la conjunción de los humores posibles y la solidez porosa de la calle y de tu voz, raíces y maná, para no perder de vista al mundo ni morir de inanición en el laberinto. Lo proyecté todo con fuerza contra una pared. No traté de recomponer el amasijo de metales. No asistí a los heridos. De su espaciosa agonía debían florecer mis tentáculos, madreselva necesaria, argamasa para las llagas. Urgía un pulso estertóreo que poder revertir en golpeo febril, al que llamar eufemísticamente ritmo. Urgía, por saber que no podía tomar impulso sin una voz muerta. Progresivamente convertido en negativo de la fotografía deseada, no me importó reconocerme parásito; si sobrevivo a esto no habrá testigos, me dije. El aire se vició, el maná se pudrió en mis bolsillos. Aumenté la densidad de las palabras hasta hacerlas irrespirables, hasta que, orondas y agrietadas, fueron incapaces de seguir los pasos de una danza cada vez más fúnebre y estéril. Consumado el desmembramiento, un coro de hemorragias regó el suelo de silbidos y fragmentos de metáfora reblandecida e impracticable. Por decoro, no quedó otro remedio que exiliarse adentro con el engendro y lanzar bien lejos la llave. Abrir los ojos apenas para añorar lo que dejé fuera y cerrarlos inmediatamente, para esconderme de cruzar con nadie miradas que evidencien la propia corrupción y el fracaso. Sólo en el fulgor de ese rayo cauterizador, parpadeo tensado en la sonora vibración del lagrimal, avanza la tinta mejilla y poema abajo.

miércoles 4 de noviembre de 2009

El maravilloso master en formación del profesorado

Esto que sigue no es literatura, ni ficción. Ya me gustaría. Es el episodio más surrealista de harakiri burocrático que he presenciado en mi vida, protagonizado por uno de los mayores y más desequilibrados energúmenos que alguna vez se ha colocado detrás de un escritorio. Os aseguro que la conversación es real: he intentado en lo posible no exagerar y ser fiel a las palabras según fueron dichas, eso sí, con algún retoque para abreviar y que el conjunto se entienda.

Para poneros en situación, me sumo a la lista -larguísima, parece ser- de los que pretenden anular su matrícula del master de marras, tras haber descubierto -tarde, porque la información brilla por su ausencia- que las condiciones de presencialidad son estúpidas, abusivas e inatendibles. Como la lista de espera es larga, la universidad, de momento, ve una estupenda posibilidad de ingresar dos matrículas por plaza...

11 y pico am, facultad de educación de la Complutense.

Secretario del decano: (Haciendo aspavientos) Oiga, pero... ¿qué está haciendo otra vez aquí? ¿No le he dicho que no le puedo ayudar? ¡Déjeme en paz!

Yo: En el vicerrectorado me han vuelto a decir lo mismo: que son ustedes quienes apoyan o no la solicitud de devolución de la matrícula al alumno, aunque ellos resuelvan. Así de simple; y si ustedes no cooperan, a mí no me dan un duro. Con mi relación de los hechos no basta, debe corroborarla la facultad correspondiente.

Secretario del decano: (medio enajenado) Deje de decir tonterías, ¡le están engañando! ¿Es que no lo ve? Por lo que veo necesita usted que se lo explique todo otra vez...

Yo: Deje de tratarme como si fuera tonto. Si usted me repite las cosas como un papagayo yo haré lo mismo, tengo todo el día. Como le decía, necesito...

Secretario: (fuera de sí, del todo) ¡Usted lo que necesita es entender! ¿Es que no lo ve? ¡Puede ser que tenga razón, pero no le vamos a firmar nada porque la universidad está completamente arruinada y no va a devolver un mísero real a nadie! si el curso ha empezado no se devuelven tasas y punto, se van a amparar en esto y van a fastidiarle a usted, y a todos los pardillos que matricularon este master, que además, es un engañabobos y un sacaperras, por si no se ha dado cuenta. ¿Cree que una universidad a-rrui-na-da iba a perder esta oportunidad de hacer caja? que pase el siguiente y si no puede venir y se entera tarde de que tiene que venir, mejor: que pase el siguiente. ¿He sido claro? Ahora márchese, que tengo cosas que hacer, y déjeme en paz.

Yo: ...