lunes 23 de mayo de 2011

Canciones de una vida VI: Jimmy

Verano de 2009. Un verano de cajas, de furgonetas y despedidas. Madrid dejaba de ser mi casa, y mi casa, el piso que albergó las últimas apariciones de T. y enlazó con todos los importantísimos que desfilaron después de ella -la mayoría lo habitó en algún momento-, quedaba en manos de un italiano mujeriego y caradura. Adiós a una terraza enorme llena de historias: A. y yo abandonábamos Madrid, de forma más o menos definitiva, sabiendo que en adelante las visitas y estancias serían ocasionales. Ella, rumbo a Eldorado. Un servidor, emprendiendo el regreso.

Así que Jimmy fue un regalo, uno de despedida en el sentido más amplio. Un mundo se caía a pedazos, y en mitad de la demolición una voz evocaba un hogar, pertenencia, los rostros de una tierra y sus habitantes, tan parecidos entre ellos que para bien o para mal, determinismo mediante, el lazo debía encontrarles y darles caza, acudiendo al rescate de cualquier ciudadano extraviado.

Jimmy fue mi regalo para A., uno de los últimos, antes de que emprendiera su gran viaje. Escucha, le decía, los búfalos te piden que, allá donde vayas, estés orgullosa de tu nombre... que seas quien eres, y que, si te pierdes, recuerdes que la tierra de los búfalos será siempre tu hogar. Que hay un hogar, vaya...

El tiempo hará que todos terminemos por llamar hogar a lo más insospechado. Han pasado dos años, y Jimmy habla ahora para mí; es a mí a quien se dirige, en la víspera del gran viaje, para que recuerde mi nombre y lo lleve bien alto -¿cuál es mi nombre?-, que sea quien soy, y que tenga presente que la tierra de los búfalos, ésa en la que no tengo posesiones, lugar ni futuro, será mi hogar si todo se tuerce...

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