No sé cómo se hace eso de disfrutar el momento. He disfrutado muchísimo imaginando posibles, y otro tanto saboreando en perspectiva las cosas buenas que me han ocurrido. En un caso miro a futuros irreales, en el otro los hechos son tan ciertos como pretéritos. Del momento, por llamarlo de algún modo, no hay rastro.
El catálogo de evasiones es inmenso, y mi existencia, si aceptáramos que uno existe sólo a los ojos de los demás -igual que un libro deviene libro cuando leído-, sería, cuanto menos, intermitente: dejar pasar los días sin ningún remordimiento porque una nueva cita sólo puede empañar la maravillosa cita anterior; no dar señales de vida desde aquella conversación telefónica insuperable; sobrevivir meses racionando un recuerdo feliz; encomendarse al tiempo para que sucedan cosas y tener más posibilidades de evitar trivialidades en el próximo encuentro; idealizar a la chica, condenarla a ser el reflejo feo e idiota de ella misma.
La vida cansa, y yo, quizá por esa fatal combinación de ausencias -sentido del humor y adecuación, nada menos- canso y me canso con bastante facilidad. En realidad, nada de esto está reñido con que quiera mucho y me quieran, o eso quiero creer; pero mis amigos, es lo justo, me devuelven sólo aquello que soy capaz de darles: buenos momentos debidamente dosificados. Los que ignoramos el presente somos los mejores exiliados, y por eso yo seré, estoy seguro, un cómodo y llevadero exiliado para mis allegados. Cuando se trata de irse, ¿quién mejor que el que nunca acaba de estar?
Tocarte
Hace 2 días

... espera, que respiro. Brutal.
ResponderSuprimir[y hasta he esbozado una sonrisa; que bestia. Muy Tú].